ÁRDEA ALBA
Llevaba días esperando la llegada de la primavera. Ese estallido de colores que de pronto llenan la grisura de los días: bailan en el iris de los ojos y la blancura del cutis se irisa como el nácar de una concha.
Esa sensación de manantial se volvió extrema al tropezar mis pies con unas huellas extrañas. Eran como las de una ave acuática en la nieve o en la arena. Me extrañó verlas en un paraje donde ni siquiera había humedales. Semejaban unos garabatos en un idioma desconocido. Intrigada, les seguí el rastro. Caminé un rato largo. Las huellas iban disminuyendo de tamaño y se desdibujaban. Y de pronto la vi.
Era una garza blanca, sin copete, pico amarillo y patas negras. Con el sonido de mis pisadas su estirado cuello se volvió hacia mí. Nos miramos. Su iris anaranjado buscó el mío y nos quedamos ambas en ese largo ojo a ojo. Parecía estar esperándome porque en ningún momento mostró desconfianza. Se mantuvo muy quieta.
“Vine como agua y como viento voy”, susurró a mis oídos la textura sedosa del aire. Sonreí y pareció que la garza me correspondía. “Árdea Alba, así me llamó”, gorgoteó. El nombre me gustó. “He cruzado los mares los mares, desde la Argentina. Quería conocerte”. Nada me extrañó: acababa de abrirse la primavera como la corola de una flor.
Dejó que me arrimara a la esponjosidad de su plumaje, suave y cálido. Sentía el pálpito de su corazón. El mío se acompasó y ambos latieron al unísono.
Compartimos mañanas y tardes. Se esfumaron las incertidumbres. Sus ojos redondos donde unas pupilas desmesuradas apenas dejaban sitio al iris anaranjado, le conferían una expresión de constante asombro. Me gustaban sus silencios. A veces abría su pico excesivo y, echando la cabeza hacia atrás, parecía soltar una gran carcajada.
Algunas tardes la invité a casa. Yo ponía música marchosa y ambas dábamos rienda suelta a la alegría. En los momentos de mayor exaltación, ella desplegaba las alas, como inmensos abanicos y las agitaba con fuerza al ritmo de la canción. Volaban las cortinas, mi melena y el flequillo. Redoblaba entonces el batir de sus alerones hasta que, exhaustas, caíamos las dos rendidas en el sofá.
Los días fluían como un río manso, con meandros que me descubrían en cada sinuosidad paisajes asombrosos como ella.
Una tarde la tristura
fue velando su mirada. Echaba de menos los grandes humedales y las ciénagas de
su Argentina natal. Las plumas de su pecho fueron perdiendo tersura y brillo.
No hubo palabras de despedida. Una mañana de junio peregrinamos en silencio hasta el lugar de nuestro primer encuentro. El tiempo compartido había ido acoplando nuestras zancadas.
Y sin una palabra, ella emprendió el vuelo.