lunes, 18 de julio de 2022

EJERCICIO 4. CUENTO SOBRE LA ILUSTRACIÓN DE TAMARA Sonia Corcelle

 

ÁRDEA ALBA

 

 

                  Llevaba días esperando la llegada de la primavera. Ese estallido de colores que de pronto llenan la grisura de los días:  bailan en el iris de los ojos y la blancura del cutis se irisa como el nácar de una concha.

                  Esa sensación de manantial se volvió extrema al tropezar mis pies con unas huellas extrañas. Eran como las de una ave acuática en la nieve o en la arena. Me extrañó verlas en un paraje donde ni siquiera había humedales. Semejaban unos garabatos en un idioma desconocido. Intrigada, les seguí el rastro. Caminé un rato largo. Las huellas iban disminuyendo de tamaño y se desdibujaban. Y de  pronto la vi.

 

 

                  Era una garza blanca, sin copete, pico amarillo y  patas negras. Con el sonido de mis pisadas su estirado cuello se volvió hacia mí. Nos miramos. Su iris anaranjado  buscó el mío y nos quedamos ambas en ese largo ojo a ojo. Parecía estar esperándome porque en ningún momento mostró desconfianza. Se mantuvo muy quieta.

                  “Vine como agua y como viento voy”, susurró a mis oídos la textura sedosa del aire. Sonreí y pareció que la garza me correspondía. “Árdea Alba, así me llamó”, gorgoteó. El nombre me gustó. “He cruzado los mares los mares, desde la Argentina. Quería conocerte”. Nada me extrañó: acababa de abrirse la primavera como la corola de una flor.

                  Dejó que me arrimara a la esponjosidad de su plumaje, suave y cálido. Sentía el pálpito de su corazón. El mío se acompasó y ambos latieron al unísono.

                  Compartimos mañanas y tardes. Se esfumaron las incertidumbres. Sus ojos redondos donde unas pupilas desmesuradas apenas dejaban sitio al iris anaranjado, le conferían una expresión de constante asombro. Me gustaban sus silencios. A veces abría su pico excesivo y, echando la cabeza hacia atrás, parecía soltar una gran carcajada.

                  Algunas tardes la invité a casa. Yo ponía música marchosa y ambas dábamos rienda suelta a la alegría. En los momentos de mayor exaltación, ella desplegaba las alas, como inmensos abanicos y las agitaba con fuerza al ritmo de la canción. Volaban las cortinas, mi melena y el flequillo. Redoblaba entonces el batir de sus alerones hasta que, exhaustas, caíamos las dos rendidas en el sofá.

                  Los días fluían como un río manso, con meandros que me descubrían en cada sinuosidad paisajes  asombrosos como ella.

 

 

                  Una tarde la tristura fue velando su mirada. Echaba de menos los grandes humedales y las ciénagas de su Argentina natal. Las plumas de su pecho fueron perdiendo tersura y brillo.

                  No hubo palabras de despedida. Una mañana de junio peregrinamos en silencio hasta el lugar de nuestro primer encuentro. El tiempo compartido había ido acoplando nuestras zancadas.

                  Y sin una palabra, ella emprendió el vuelo.

                 

 

 

domingo, 17 de julio de 2022

EJERCICIO 4 Ilustración del gorrión. Andrea Sanz López

 LA FUERZA DE LO EFÍMERO


Te reíste de mí cuando te regalé aquella tarjeta tan bonita por tu undécimo cumpleaños. Y en medio de esas risas sin sentido, me la devolviste y sin apartar tu mirada de mí, pude escuchar estas palabras:


  —En este cartelito seguro que dice: “Tonto el que lo lea”


Tuve mucha suerte al recibir aquella respuesta, probablemente fue la única manera posible de que el amor hacia ti, que me tenía tan embobado, se desvaneciera como la niebla con el sol, suavemente, pero de forma inexorable.

Hoy, veinte años después, cuando no queda nadie de tu cortejo fúnebre, me he acercado a tu tumba y he apoyado la tarjeta en tu lápida. Desde donde estés podrás comprobar cuantas verdades contiene y no supiste comprender.

Lo más evidente para ti es que, efectivamente, “la vida es breve”. Si te hubieras interesado mínimamente por su significado te habría hecho comprender que, aunque breve, yo te habría ayudado a vivirla intensamente y juntos podíamos haber disfrutado de miles de cosas efímeras que nos regala la vida.

Cada primavera encargaré a un gorrión que te traiga una ramita con flores de cerezo y que alguien pueda disfrutar de esa imagen cuando pase por delante de tu tumba. Espero que ese sentimiento alcance mínimamente tu espíritu y te conmueva, aunque lo dudo.

EJERCICIO 4B CUENTO SOBRE UNA ILUSTRACIÓN DE TAMARA

EJERCICIO 4B). CUENTO DE UNA ILUSTRACIÓN DE TAMARA.          Aurora Palomo



LA FLOR MÁS HERMOSA



Cuentan las ancianas del lugar, que hacía muchos, muchos años, en las lindes del bosque de Artemisa vivía una joven. Se llamaba Katarina. Era alta, delgada, parecía una sílfide, con el pelo negro y lacio, su sonrisa acariciaba los ojos de los seres a los que miraba. Los padres le habían enseñado el lenguaje de los animales y se comunicaba con ellos,  ella hablaba  y hablaba con cada animalejo que se cruzaba. Le daba los buenos días al caracol mañanero, las buenas tardes a la chicharra de fuego y al anochecer para que durmiera tarareaba  al gorrión. 

Katarina se levantaba al amanecer, cuando la luz anaranjada del sol despuntaba en la cumbre de la montaña Sagrada. Allí mirando a la cima,  realizaba todas las mañanas las abluciones y rituales en los que su madre la había iniciado. Dentro de seis meses, cuando cumpliera los dieciséis años,  entraría en la Orden de la Doncellas del Sol, que tenía su sede en lo alto de la montaña Sagrada. Ella aunque disfrutaba con los rituales y sentía curiosidad por lo que realizaban allá arriba, le gustaba más correr y charlar con sus amigos del  bosque. Además estaba su amigo Ferrand, que con su sonrisa y su compañía complicaba la decisión de entrar en la orden. 

Un día le preguntó a su madre:—Si no me gusta la Orden, ¿puedo dejarla?

—¿Te ocurre algo, Katarina?

—No, nada, que cada vez que pienso que tengo que dejaros a vosotros, al bosque,  a los animales y otras cosas, me entra mucha tristeza.

—Yo no pude entrar, pues tu padre y yo nos enamoramos y me quedé embarazada de ti. Solo pueden entrar doncellas vírgenes. 

—Mamá, ¡Quién quería entrar eras tú!, yo no sé si quiero hacerlo.

—Katarina, ¿Qué te ha hecho cambiar?

—Me gusta la libertad y no sé si la tendré allí.

—Lo que viven y realizan en el recinto, nunca ha salido al exterior. Pero todo el que llega encuentra comida y techo.

—¡No sé! ¡Me resulta extraño!. Mamá me voy a recolectar frutos al bosque—dijo Katarina.

Recogió una cesta de mimbre y se marchó. Cantando y hablando con los animales llegó al claro del bosque en el que había quedado con Ferrand. Se alejó un poco mientras  recogía grosellas y moras. De pronto un gorrión con una hermosa flor de cerezo en el pico se posó en su brazo, ofreciéndosela. Katarina sonrió. Su amigo estaba cerca. Siempre le enviaba al gorrión con una flor. La cogió y se la colocó en el pelo. Comenzó a volver  al claro del bosque. 

De pronto unos setos de espinos le impedían correr o andar, tuvo que dar un rodeo y saltar algunos que la estaban cercando. Por fin llegó al claro, allí Ferrand estaba luchando con su cayado con otras zarzas que los rodearon. 

Subieron a un gran árbol, las zarzas con sus espinas comenzaron a trepar. Saltaron a la copa del siguiente árbol. El gorrión de Ferrand le iba indicando por dónde saltar a otra copa y a la siguiente. Las zarzas trepaban sigilosas por los árboles a donde ellos saltaban. Siguieron y siguieron hasta que llegaron al camino en la linde del bosque. Las zarzas entretejieron un muro impenetrable. El bosque estaba cerrado.

Los dos se sentaron en un tronco que se encontraba tirado. Con la respiración agitada se miraron.

—¿Qué ha ocurrido? —dijeron los dos a la vez.

—¿El bosque se ha vuelto contra nosotros? ¿Porqué?—observó Katarina.

—Si no hubiéramos salido nos habría engullido —opinó Ferrand.

El gorrión se posó en el hombro de Ferrand y comenzó a piar, Katarina lo miró y  puso un dedo en los labios de su amigo, para poder escuchar lo que les estaba comunicando el gorrión.

En lo alto de la montaña un resplandor de fuego surgió y en medio de él una anciana levantaba sus dos manos, en una de ellas, un cilindro dorado que se alimentaba del fulgor rojo giró.

—La anciana cada minuto que pasa está más enfadada conmigo y con vosotros—dijo el gorrión—he cogido esa flor que llevas entre tu pelo del cerezo del jardín Sagrado y ha enviado a todos los árboles y plantas para recuperarlo.

—¡Oh! ¡Lo siento! ¡Lo sentimos mucho!—dijo Katarina— y se despojó de la flor, la puso con delicadeza encima de un muro de zarzas, que comenzaron a retirarse hacia el centro del bosque.

Katarina miró sorprendida a Ferrand.

—¡Solo le dije que buscara la flor más hermosa—

El gorrión en su hombro temblaba.

En lo alto de la montaña, la anciana bajó las manos y el fulgor anaranjado en ese atardecer comenzó a suavizarse.

 

 

sábado, 16 de julio de 2022

EJERCICIO 3B CUENTO DE DOS NIÑOS Aurora Palomo

EJERCICIO 3B). CUENTO DE DOS NIÑOS Aurora Palomo



CICATRICES



En el segundo piso del último edificio de la avenida Rinskeibird vivía un niño de nueve años, se llamaba Samuel. Su madre lo tenía escondido para que no sufriera el acoso  de otros niños, que durante muchos tiempo había tenido  que vivir en la escuela. No quería que se asomara ni a la ventana. La madre le enseñaba en casa todo lo que sabía y le traía libros de ciencia y astronomía que le gustaban.

Un día de la primavera pasada llegaron nuevos inquilinos al piso de al lado de Samuel. Eran un matrimonio y su hija. Samuel los vio escondido detrás de las cortinas. Y le pareció raro que la niña llevara un bastón blanco que movía constantemente a los lados. Pensó que se lo preguntaría a su madre.

Al día siguiente, Samuel escuchó a la niña cantar y reír en una pared  de su habitación. Arrastró una silla y pegó la pequeña oreja del lado derecho que aún tenía, para escucharla mejor. Se sobresaltó cuando la oyó decir:

—Hola, soy Nairym, sé que estás ahí, te escucho respirar.  ¿Eres un niño o un adulto?—dijo con voz cantarina

Samuel quedó fascinado ¿Cómo podía escuchar su respiración? había un muro entre los dos. Y él no dijo ni muuu.

Nairym siguió hablando: —Tengo ocho años, estoy ciega, por eso uso un bastón blanco. Estoy sola, mi madre ha ido al colegio especial que hay cerca para matricularme.¿Cómo te llamas? ¿Estás solo? ¿Eres chico o chica?

Samuel contestó con un tono de voz muy bajo:— Soy Samuel, estoy solo.

—Habla más fuerte que no te escucho, cartucho. Y se rió.

—Soy Samuel—gritó.

—Así no hay quién se entienda, ¿Podemos quedar en el descansillo de la puerta?

—A mi madre no le gusta que me vean.

—¿Porqué? ¿Tienes un grano en la nariz?

—Soy diferente

—Yo también. ¿Venga a ver quién llega antes?

Nairym cogió el bastón y poco a poco llegó a la puerta, solo le quedaba abrirla, entonces su madre abrió la cerradura y la empujó.

Samuel que había llegado a la puerta de su casa, escucho a la madre de Nairym y volvió a su habitación. Se sentía desilusionado, por una vez que podía quedar con alguien que no vería su cara, que podría hablar tranquilamente. Triste se sentó en la silla que había puesto al lado de la pared que daba a la otra casa.

Al rato escuchó a Nairym:—Cuando nos quedemos solos, lo intentamos de nuevo. ¿Vale?

—Vale—contestó Samuel con voz triste.

Después de almorzar, estuvo viendo una película de Star Wars. Escuchó que los vecinos salían y miró por la ventana. Nairym iba saltando y charlando de la mano de sus padres, parecía feliz.¿Dónde estaba el bastón?

Por la mañana temprano, unos golpes en la pared despertaron a Samuel, era su nueva amiga llamándolo. 

—Nos vemos luego—le dijo —¿Cuando se va tu madre?

—Nunca lo he preguntado—contestó y con ilusión siguió—espera, voy a preguntárselo.

Y Samuel corrió a la cocina 

—Mamá ¿Hoy vas a salir?

—¿Porqué lo preguntas? Como siempre a las nueve y media—le dijo la madre. Y lo miró con extrañeza.

Samuel le contestó sonriendo:—Para verte por la ventana.

Luego volvió corriendo a su habitación 

Golpeó la pared, su amiga contestó y quedaron para encontrarse en el descansillo a las diez.

Allí se encontraron, Nairym espigada, pelirroja, con pecas y una sonrisa cantarina de oreja a oreja y el bastón en la mano derecha. Samuel serio, callado, alto, desgarbado, con la cara desfigurada por las quemaduras producidas en el laboratorio del colegio.

—Tengo un regalo para ti—le dijo su nueva amiga. Y le dio una caja—¡Abrelo! ¡Venga, que no tenemos todo el día!

Samuel abrió la caja, dentro había dos walkie talkie con caras de Spiderman. Estaba sorprendido.

—¿Para qué quiero yo esto?—le dijo

—Para qué va a ser, para hablar entre nosotros en vez de comunicarnos por la pared. Quédate con uno y yo el otro. 

—Vale—Samuel la miró desconcertado—una niña quiere hablar conmigo, pensó.

Durante un rato estuvieron probándolos.

Después jugaron a la gallinita ciega, al pilla pilla, al parchís, a la oca, hasta que escucharon el ascensor y entraron cada uno en su casa.

Por la noche Nairym le preguntó a Samuel si quería ir con ella y sus padres al parque al día siguiente por la tarde.

—Samuel le contestó enfadado:—No me gusta que me miren.

—Si consigo que mis padres nos lleven cuando sea casi de noche,¿Vendrías?. Además puedes ponerte una gorra y unas gafas y vas de incógnito como los detectives.

Samuel se quedó unos minutos callado, pensaba —“esto es bueno para mí o va a ser como siempre, caras sorprendidas  y rechazo” “aunque a Nairym no le importa mi aspecto”.

—Tengo que preguntárselo a mi madre—le respondió Samuel, con voz ilusionada.  

jueves, 14 de julio de 2022

Ejercicio- EL CUADRO DEL GORRIÓN- Marta Sanz

 

EL CEREZO DEL JARDÍN

 

Asomada a la ventana veo a mi nieta leer ensimismada. Sé que se trata del Ulises de Joyce. Lo sacó ayer de mi biblioteca y me dijo altiva “ya sé que tú lo coges y lo dejas todos los años, abuela, pero yo lo voy a terminar”.

 

Los gorriones del jardín picotean el césped a su alrededor sabedores de que no van a ser molestados. Recostada en la hamaca de rayas rojas y blancas con la melena rubia enmarcando el rostro me recuerda una miniatura de Sorolla. Lleva puesto un camisero rosa pálido del color de las mañanas en Madrid cuando amanece.

 

Ya no quedan cerezas en el árbol; nunca tenemos tiempo de recogerlas antes de que los pájaros se den el festín anual. Rebañan los huesos con gula y los sueltan con desprecio.

 

Y siento que estoy parada a la sombra de mi cerezo, con el Ulises en la mano, observando como nievan sobre mi cabeza las delicadas flores rosas en un día de sol. Y no sé dónde se han ido los años transcurridos; no soy capaz de recordar lo que he hecho en todos estos años; no acierto a saber en qué he perdido el tiempo.

 

Los gorriones parecen los mismos. De repente uno de ellos emprende el vuelo con un gran batir de alas y mi nieta se sobresalta. Mira hacia la ventana y levanta la mano con un saludo conocido, un saludo que tiene ya veinte años.

 

Todos mis días pasados han servido para fabricar esta imagen. La felicidad es un sentimiento efímero.

 

 

Una ninfa ovillada en una hamaca.

Rayas rojas y azules.

Un amanecer rosa es su vestido.

Picotean gorriones a sus pies

Rebañando los huesos

De los frutos caídos del cerezo.

 

Hace tiempo la vieja que no es vieja,

Días, años perdidos,

Mojaba los cabellos con la nieve

Que su árbol desprende en primavera

y son pétalos rosas

De las flores caídas del cerezo.

 

Los gorriones no pierden esa esencia

Son los seres eternos

Que nos hacen creer ¡O dulces sueños!

Que seguimos viviendo en ese mundo

De floración perpetua

De las flores furtivas del cerezo.

Ejercicio 3B-TEATRO- Marta Sanz

 

CRISPÍN Y MELISA

 

Una clase tenebrosa. El sol no puede atravesar la suciedad de los cristales. Varios niños dormitan con la mejilla apoyada en la mano que les duele del peso; con la otra mano copian con desgana. Don Severino, el profesor de latín, recita las conjugaciones con voz cansina. Al fondo, en dos pupitres separados, se encuentran CRISPIN y MELISA

 

CRISPÍN.—— Chistttt (tira el bolígrafo a la pierna de su compañera)

MELISA.——No empieces (susurra y sigue escribiendo en su cuaderno)

CRISPÍN.——¡Me pasas luego los apuntes de los verbos?

 

(Melisa niega con la cabeza)

 

CRISPIN.——Es que te he tirado el boli y ya no puedo escribir.

 

DON SEVERINO.——¡A ver al fondo! Al que pille hablando se le va a caer el pelo.

 

(Melisa recoge el boli y se lo entrega. Crispín corta un papel y escribe:)

 

CRISPÍN.——“HE TRAIDO UN BOCADILLO DE JAMÓN SERRANO” (se lo tira. Melisa niega con la cabeza. Crispín lanza otro papel) “Y UN TOBLERONE”

 

MELISA.——(Melisa coge un trozo de papel y escribe )“MI MADRE ME HA DICHO QUE NO TE HAGA CASO; QUE ERES UN ZASCANDIL. COPIA Y CALLA”

 

CRISPÍN.——“PUES YO HOY NO TENGO HAMBRE”

 

MELISA.——“NI YO. TÚ NUNCA TIENES HAMBRE. DICE MI MADRE QUE POR ESO ERES TAN CANIJO”

 

CRISPÍN.——“TU MADRE ESTÁ MUY GORDA. YA SABES QUE DETRÁS DE LA TAPIA TENGO UN ESCONDITE QUE NO CONOCE NADIE. TE DOY MI MERIENDA Y ME DEJAS EL CUADERNO PARA COPIAR.”

 

MELISA.——“MI MADRE ES MAYOR. NO ME PONE MERIENDA PARA QUE COMA BIEN EN CASA.”

 

CRISPÍN.——“YA. Y PORQUE TODOS LOS DÍAS TE COMES LA MÍA”

 

MELISA.——“Y TÚ TODOS LOS DÍAS ME COPIAS LOS DEBERES. ESTÁ BIEN. AHORA ESTATE QUIETO”

 

(Crispín sonríe y saca un tebeo del pupitre. Lo camufla dentro del cuaderno y se pone a leer.

 

 

 

miércoles, 13 de julio de 2022

Ejercicio 3B Purificación Mallén

 

Enrique, el orejas, como lo llamaban sus compañeros de clase desde pequeño, era una as en Ciencias Naturales. Sabía todo sobre los animales, especialmente sobre los insectos. Al cumplir los doce años y estudiar Química también se convirtió en el que más sabía de fórmulas químicas. Todos sabían por qué y es que Enrique era alérgico a las picaduras de insectos.

Enrique era un experto en insectos. Dormía con un velo en su cama que lo hacía parecer una princesa de cuento, pero si no quería perderse ninguna excursión debía ser más cuidadoso que los demás porque su reacción a las picaduras de insectos podía ser mortal. Más de una vez había tenido que irse al hospital urgentemente. Llevaba colgado en su cuello una placa que lo ponía.

—¡Mátalo! —le dijo Olivia con un abejorro en un bote—. ¡Véngate por su maldad!

—¡Estás loca!  El abejorro no tiene la culpa de ser un abejorro y de que yo sea alérgico. Además, poliniza las plantas, tanto a las silvestres como a las cultivadas. Es muy importante en el planeta —le dijo Enrique separándose un poco de ella.

—¡Loco tú que lo dejas vivo y puede matarte! ¿Lo dejo libre entonces? No sabes lo que me costó cogerlo para traértelo—contestó Olivia acercándole el bote de mahonesa reciclado que Enrique no cogió.

—Estoy desarrollando una fórmula química por si me pilla. En mi mochila llevo siempre la medicación por si no da tiempo de ir al hospital, pero yo quiero tener mis propios recursos.

—Creo que si te vengas te sentirás mejor. Yo no dejo vivo ni a un mosquito. Cuando me pican me salen ronchas que me escuecen —se remangó la camiseta para enseñarle sus ronchas.

—Pero no podemos matar a todos los mosquitos. Son el alimento de muchos insectos, de peces, de aves y de los murciélagos. Además, los mosquitos también polinizan plantas, con lo que si los matamos a todos no se podrían reproducir y desaparecerían.

—¡Pues yo no prefiero que me maten a que haya plantas! Si me pican muchos puedo morir porque me dejarían sin sangre. — contestó Olivia algo indignada ante la risa de Enrique.

 

—Harían falta un millón de mosquitos con una picadura simultánea para acabar con todas tus reservas de sangre. No exageres Olivia. Si te das con aceite de citronela repelerá a los mosquitos porque no les gusta ese olor.

 

   ¡Tú siempre tan sabihondo! ¡Resulta que eres alérgico y no los odias! —Olivia le sacó la lengua burlándose de él y algo enfadada.

 

   Olivia, no te confundas. Ellos no son responsables de mi alergia. Los conozco y sé que tienen su función. —le dijo Enrique señalando una mosca —. Por y para algo existen.

 

   No dirás que las moscas que están en la basura también son necesarias —. Eso no me lo creo.

 

   Pues sí, son descomponedores de la materia orgánica. Sin ellas tardaría ese proceso mucho más ¡Y no te enfades Olivia!

 

    Es que no te entiendo. Te hacen daño y los quieres. Eres increíble. —dijo Olivia acercándole el bote con el abejorro—. ¡Vamos a soltarlo al campo y que polinice! —rio.

 

   Sí vamos, pero lleva tú el bote mejor —contestó Enrique riéndose y apartándolo de él con los vellos de punta.

 

Los dos niños corrieron riéndose dispuestos a soltar al insecto.