EL CEREZO DEL JARDÍN
Asomada a la ventana veo a mi nieta leer ensimismada. Sé que se trata del Ulises de Joyce. Lo sacó ayer de mi biblioteca y me dijo altiva “ya sé que tú lo coges y lo dejas todos los años, abuela, pero yo lo voy a terminar”.
Los gorriones del jardín picotean el césped a su alrededor sabedores de que no van a ser molestados. Recostada en la hamaca de rayas rojas y blancas con la melena rubia enmarcando el rostro me recuerda una miniatura de Sorolla. Lleva puesto un camisero rosa pálido del color de las mañanas en Madrid cuando amanece.
Ya no quedan cerezas en el árbol; nunca tenemos tiempo de recogerlas antes de que los pájaros se den el festín anual. Rebañan los huesos con gula y los sueltan con desprecio.
Y siento que estoy parada a la sombra de mi cerezo, con el Ulises en la mano, observando como nievan sobre mi cabeza las delicadas flores rosas en un día de sol. Y no sé dónde se han ido los años transcurridos; no soy capaz de recordar lo que he hecho en todos estos años; no acierto a saber en qué he perdido el tiempo.
Los gorriones parecen los mismos. De repente uno de ellos emprende el vuelo con un gran batir de alas y mi nieta se sobresalta. Mira hacia la ventana y levanta la mano con un saludo conocido, un saludo que tiene ya veinte años.
Todos mis días pasados han servido para fabricar esta imagen. La felicidad es un sentimiento efímero.
Una ninfa ovillada en una hamaca.
Rayas rojas y azules.
Un amanecer rosa es su vestido.
Picotean gorriones a sus pies
Rebañando los huesos
De los frutos caídos del cerezo.
Hace tiempo la vieja que no es vieja,
Días, años perdidos,
Mojaba los cabellos con la nieve
Que su árbol desprende en primavera
y son pétalos rosas
De las flores caídas del cerezo.
Los gorriones no pierden esa esencia
Son los seres eternos
Que nos hacen creer ¡O dulces sueños!
Que seguimos viviendo en ese mundo
De floración perpetua
De las flores furtivas del cerezo.
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