NUBES Y PELOTAS
Iris lleva en la mirada la esponjosa suavidad de las nubes. Esas nubes dulces que me chiflan. Cabalga sobre palabras largas que se inventa o que rescata de alguno de los cuentos que lee a escondidas sobre las rodillas en el fondo de la clase. Otras las sigue diciendo su abuela pero como es muy viejita, alguien las tiene que adoptar antes de que sea tarde. Así descubrí “archiperres”, “cuchipando”, “zorrocloco” y otras tantas. “¡No te acoquines, alfeñique!”, me dijo ayer con un guiño. Y yo no sabía si era un cumplido o si se estaba burlando. Cuando me canso, la dejo a horcajadas sobre algún vocablo y me escapo hacia el patio para dar pelotazos. Yo es que soy un chico de acción.
Mi relación con el balón es pasional. Nací con la cabeza redonda como una pelota, y “¡vaya pelota la tuya!”, me repite mi madre. “ Diez horas dilatando y no había forma. Al final te tuvieron que sacar con unas pinzas enormes”. Esta imagen me obsesiona un poco: mi cabeza pelotera apretada entre estas dos grandes cucharas para ensalada, como me las describió mi madre, me parece una forma un poco brutal de invitarme a salir. Y no me extraña que, después de este bloqueo inicial en el camino de la vida, mi obsesión sea correr y correr tras el balón.
Cuando la campana toca el final del recreo, sudoroso y jadeante me vuelvo a sentar en el fondo de la clase, al lado de Iris. No se le ha descolocado ni un pelo a pesar de sus viajes siderales. Su cabeza irradia luz y sus ojos chisporrotean con picardía. Estas últimas palabras me las contagió ayer. Este es el riesgo de estar sentado a su lado. Tengo pocas defensas y todo se me pega. Esto dice mi madre. Cuando sucede me entra un estado febril y al día siguiente caigo seguro. Lo malo es que con tantas palabras nuevas en la cabeza, creo que corro menos y se me escapa más el balón. Pero también es cierto que cuando estas palabras salen de mi boca me siento como más listo. Si las repito en casa, se alarma mi madre: “A este chico le ha dado algo”, dice y me toca la frente. Me fastidia el gesto y me escaqueo hacia la habitación pero también me gusta verla preocupada por mí.
Hay palabras que pican, otras que rascan pero todo es acostumbrarse. Es como cuando te sale una muela nueva. Al principio la sientes enorme en la boca y la lengua tropieza una y otra vez con ella pero enseguida la haces tuya y seguro que las echarías de menos si se cayera. Lo mismo me pasa con las palabras contagiadas. Las noto extrañas pero se aferran y luego ya ni las siento. Y terminamos hablando Iris y yo con nuestro código secreto.
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