Ejercicio 2B – Cuento –
Iluminada
Una
versión de los tres cerditos
Estos eran tres cerditos que,
estando ya muy mayor su madre, les pidió que se buscaran su propia casa, pues
ella ya no puede hacerse cargo de ellos. Así que se marcharon a buscarse la
vida en el boque.
Lo primero que necesitaban era
una casa. El más pequeño lo resolvió rápido construyéndose una choza de paja.
Pero… ay, ay, ay… no contaba con que por allí había un gran lobo para quien un
cerdito como él era un manjar muy apetecible. Así que a los pocos días, el lobo
con su fino olfato percibió que había unos suculentos jamones y chuletas por
los alrededores. Reunió leña y preparó el horno. También dejó lista una
guarnición de patatas pasadas por mantequilla. Cuando todo estuvo a punto,
salió al encuentro de lo que le indicaba su nariz. Se topó con la choza de paja
del cerdito, se relamió, pegó un gran soplido y el pobre cerdito asustado
corrió como alma que lleva el diablo, se metió en un lodazal y así despistó al
lobo que se quedó con todo compuesto para nada y solo pudo cenar patatas.
El cerdito fue donde su hermano
mediano, que río abajo se había construido una caseta de madera.
Pasaron unos días y el lobo
paseando por aquí y por allá, como suelen hacer los lobos por el bosque, vio la
caseta y observó que de allí entraban y salían dos cochinos; se agazapó a
esperar la noche para pillarles desprevenidos. El sabroso olor que percibía le
hacía soñar con recetas: que sí asados con unas cebollas, que si al estilo
provenzal,… concluyendo que, como no había preparado el horno, aunque fuesen
crudos estaría la mar de bien. Dicho y hecho, al oscurecer se plantó delante de
la caseta y fanfarroneó: “ja ja ja, os pillé, estáis atrapados mis queridos y
suculentos marranitos. Voy a soplar y esta casucha ¡pasará a la historia! Pegó
un par de soplos huracanados y la derribó, pero su fanfarronería hizo que,
advertidos, los dos hermanos escaparan por una puerta de atrás y corrieron al
lodazal cercano (por cierto, que sepáis que los cerdos siempre se establecen
cerca de un lodazal) para impedir que el lobo les encontrara por el olfato.
Este, con todo su fastidio se largó con viento fresco y las tripas rugiéndole
de hambre.
Los dos cerdos, pasadas unas
horas temblequeando de miedo corrieron donde el hermano mayor que, siendo más
sensato, concienzudo y trabajador, había construido con bastante esfuerzo una
casa con piedras cerca de una colina. Cuando llegaron, les recibió encantado. “Queridos
hermanitos, no os preocupéis, tenemos sitio de sobra, ya os ayudaré a construir
vuestras casas así de bien hechas como esta”. Muy contentos estaban una noche
cuando el lobo de marras por allí apareció alardeando de su soplido.
El hermano mayor dijo: “no os
preocupéis, quedaros quietos detrás de la puerta”. Puso su tabla de skate tras
de sí y abriendo la puerta le dijo al lobo: ¿Qué le pasa, qué quiere Ud.?” el
lobo desconcertado, por un momento no supo qué decir ni hacer. Solo pensó: “¡Qué
raro, no me tiene miedo! ¿Será bobo?”. El cerdito le dijo: “Pase, pase, no se
quede ahí”. En cuanto el lobo dio un paso, el cerdo se retiró y la pata siguiente
del lobo pisó la tabla con ruedas y salió zumbando, atravesó la casa, chocando
con la dura pared del fondo, dando un grito que parecía un chirrido, a
continuación escupió todos los dientes. “Fefudo movafo me he dado”, acertó a
decir, aún atontado.
“¡Ay! Ahora ya no puedes comer
carne, qué pena” – dijo el cerdo mayor con las manos en jarras. “Te propongo
una cosa que te va a interesar: si nos ayudas a construir con tu gran fuerza
casas de piedras, cada día te haré sopas y gachas y no tendrás hambre”. El lobo
desdentado y apesadumbrado vio en ello una buena solución a su feroz apetito.
Y fue así como construyeron
toda una urbanización para animales que necesitaban protegerse de los lobos que
conservaban sus dientes.
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